
El encerado estaba sobre una tarima, a poco menos de un metro de altura con respecto a los alumnos. Era un verano como los de antaño, caluroso y sin aires acondicionados. El ambiente lo acondicionábamos como podíamos.
Habíamos ido a recibir un curso específico de francés, aunque sé que en esa asignatura, él ya estaba bastante ducho, sobretodo por la oralidad que entrañaba.
El horizonte de sus bragas quedaba a la misma altura que los ojos del alumno, que ocupaba una de las mesas de la primera fila, y los vas y vienes de piernas, los cruces y descruces de muslos le tenían absorto, perdiéndose la miga de sus clases.
Por favor, los ojos los tengo en la cara; si ya, pero es que estoy cansado y se me caen los párpados, ya perdonará, Madmuasel...
Haga el favor de no salir tanto por las noches y no se dormirá en clase. Sarna con gusto no pica...; pero mortifica, madmuasel, no sabe usted cómo mortifica...
La clase la conformábamos unas treinta personas venidas desde diferentes puntos de la geografía española. El calor era tan sofocante que usábamos los folios como abanicos pero él, estaba absorto, con la vista pegada a su entrepierna. Parecía como si recibiese la clase de esa parte de su anatomía y que el resto de la profesora le diese exactamente igual.
Era el único que no rechistaba. Su cabeza apoyada sobre sus puños por la barbilla, parecía un imán que ejercía su fuerza contra la parte baja de la mesa de la profesora.
Ella respondía por Mademoiselle Cesix, por lo que el alumno, con su afición a poner motes desde niño, le llamaba Madmuasel C-6.
Apenas escribía en el encerado, que no era otra cosa que un trozo de pared pintado de negro, sobre el que hacía un ruido chirriante cuando se le resbalaba una esquina de la tiza. El resto del tiempo lo pasaba sentada en su pupitre, una improvisada mesa que no tenía ninguna pared cubierta por un panel que diera algo de intimidad a las posturas de la profesora en cuestión.
Para el calor que reinaba en esos días llevaba unas botas altas de cuero que debían tener recocidos su pies. Sin embargo su falda era tan corta que se convirtió en el primer obstáculo del alumno para este master en francés que tan caro le había costado.
La señorita no usaba tanga, en aquellos tiempos era una prenda que apenas se estilaba, sólo las mujeres de vida alegre venían usádolas como vestimenta de trabajo. Por el contrario, unas bragas blancas de raso tapaban sus encantos que, sin lugar a dudas, le tenían encantado.
A la tercera vez, madmuasel C-6 le avisó, no se lo diré más veces. Vuelva a la clase, baje de la nube en la que está y, por favor, levante su mirada. ¿Nunca le han dicho que es de mala educación no mirar a los ojos de su interlocutor? (...) Por favor, se lo digo por última vez, salga de su letargo y respóndame.
El país de Babia no era precisamente donde él se encontraba. Concretamente, era un lugar más cercano, un lugar húmedo aunque calentito para el calor que reinaba en el aula, algo parecido a una jungla.
La voz de la profesora se diluía cuando entraba por sus oídos. De repente comenzó a ver cómo esas braguitas se tapaban por la escueta falda que no abarcaba un palmo de sus muslos, que se hacía más grande a cada segundo. Veía que se acercaba a él, pero él era incapaz de reaccionar. Cuando la tuvo tan cerca de sí, que pudo apreciar el dibujo de patita de gallo diminuta que tenía la tela, alzó la cara como a cámara lenta, pasó la mirada por su cadera, luego por la cintura, se entretuvo en contemplar sus tetas redondas que asomaban por el escote de la camiseta y cuando, por fin, le miró a sus ojos, un fuerte y gran manotazo de madmuasel C-6 se estrelló contra el pupitre del alumno.
Espero que en lo sucesivo, sepa usted dirigir la mirada de forma correcta y respetuosa a su profesora; ¡Pero...! ¡Si yo le escucho, estoy atento a sus clases, no me distraigo con nada...! No sé cómo ha podido darme este susto... Porque usted es un indisciplinado; No creo madmuasel que nosotros nos hayamos entendido bien. Dicen que hay personas que hablan por los codos, pero en su caso, yo creo que usted habla por... por el coño.
La hostia fue tan grande que resonó en la clase, un sonido seco, doloroso y contundente acabó contra la mejilla izquierda del chico.
Ya en la cafetería, acarició la marca de los cinco dedos y, esbozando una leve sonrisa, rescató de su memoria algo que había aprendido en otro de sus tantos cursos de especialización. Ese recuerdo tenía algo que ver con la labiolectura.
Después de la media hora de descanso para el café, Mademoiselle Cesix entró de nuevo en clase ataviada con unos tejanos que le tapaban casi los tobillos.
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